caso de virtud
Un caso de Virtud
Por: Lic. Ma. Eugenia Heinen Cortés
Ricardo nació en el seno de una familia católica, de estatus económico medio, en la Cd. de México. Con dos hermanos más y sus padres vivió en circunstancias de cierta estabilidad económica, protección y amor familiar hasta los cinco años de edad. Su padre, contador de profesión, daba con el fruto de su trabajo sustento suficiente a su familia; sin embargo no fue un hombre que se preocupara en prever un futuro, ni en arriesgarse en ningún tipo de negocio, era del tipo de persona que se conformaba con la “seguridad” que le podía dar su trabajo.
El padre de Ricardo murió inesperadamente y su madre tuvo que enfrentar una situación difícil para sacar adelante a sus hijos, pues la pequeña pensión que recibía como viuda no era suficiente.
Sin embargo, algo que le llamó siempre la atención a Ricardo respecto a su madre, es que ella, educada en firmes principios religiosos, nunca se quejó, y su actitud no fue de desesperación. Ella pensaba que era mejor aceptar “la Voluntad de Dios” y fluir con la vida. “Cuando tengas las cosas, disfrútalas; cuando no las tengas, ¿para qué te preocupas?”, le decía, “Dios nos ama por lo que somos, no por lo que tenemos”.
Ricardo salió adelante con el apoyo de su madre y estudió una carrera administrativa. Después de algún tiempo de trabajar como empleado en una empresa (hecho que le permitió ir mejorando sustentablemente su situación económica), tuvo la visión de poner un negocio (una imprenta) por su cuenta, situación que consolidó sólo unos pocos años después.
El negocio prosperó de una manera rápida y sólida en gran parte por la dedicación y responsabilidad de Ricardo, quien se vio de repente en una situación de bienestar y abundancia económica y emocional. Se casó y tuvo dos hijos.
Pasaron varios años y sus hijos crecieron, en circunstancias muy diferentes a las de su niñez, pues nunca les faltó nada en ningún aspecto. Sin embargo siempre los impulsó a estudiar, a esforzarse y a valorar lo que tenían.
Una noche, Ricardo recibió una llamada de emergencia: su imprenta se estaba incendiando. Su esposa y él salieron a toda prisa y en el caminó llamó a sus hijos (jóvenes ya de alrededor de 20 años). Cuando llegó la familia, ya no había mucho qué hacer.
Mirando todavía a los bomberos trabajando a toda prisa para sofocar el incendio, Ricardo y su familia pasaron por innumerables emociones encontradas, lloraron y se abrazaron.
Pero en medio de la conmosión, Ricardo tuvo la entereza necesaria para serenarse lo más razonablemente posible y el enorme valor de enfrentar a su familia para decirles que en realidad, lo que estaban viviendo era una gran experiencia. Ricardo se percató en ese momento que lo que estaba viviendo era “un acontecimiento de la vida”. El había aprendido que la vida era así: a veces te dá, a veces te quita, a veces estás arriba, a veces estás abajo….. Pero que él como persona, valía más que los acontecimientos. Abrazó a su familia y les dijo “Lo importante es que estamos vivos y que estamos juntos. La empresa era nuestra, pero NOSOTROS NO SOMOS LA EMPRESA, así es que lo que le sucede a la empresa no tiene porqué sucedernos a nosotros”.
A pesar de esa gran pérdida material, tuvo el empeño y el valor para volver a levantar su empresa, (encontró gente bien dispuesta a ayudarlo, pues él siempre había sido una persona de palabra) y actualmente su empresa sigue siendo muy próspera.
COMENTARIOS:
En la vida muchas veces caemos en la tentación de pensar que la única forma de libertad auténtica, es el poder elegir de entre diferentes opciones aquella que consideramos más conveniente para nosotros. Quisiéramos poder ir eligiendo todo tipo de bienes y acontecimientos en nuestra vida, buscando obviamente el bienestar y eludiendo cualquier sufrimiento.
Sin embargo la realidad nos demuestra lo contrario. Existe innumerables aspectos de nuestra vida que no elegimos: desde nuestro nacimiento, nuestras características físicas, emocionales, nuestra situación familiar, hasta situaciones tan cotidianas como el clima, todas ellas circunstancias que “condicionan” nuestra vida, lo queramos o no.
Dice Jacques Philipe en “La Libertad Interior”: “El hombre manifiesta la grandeza de su libertad cuando transforma la realidad, pero más aún cuando acoge confiadamente la realidad que le viene dada día tras día”. “[…] para ser realmente libres se nos pide elegir lo que no hemos querido e incluso lo que no hubiéramos querido a ningún precio. […] ¡no podemos ser verdaderamente libres si no aceptamos no serlo siempre!”.
Pero ¿cómo construir esa aceptación dentro de nosotros? ¿porqué nos es tan difícil y nos rebelamos a ello? Quizá en gran medida es porque rechazamos espontáneamente aquellas situaciones sobre las que no ejercemos nuestro control. Pero es precisamente a través del desarrollo de las virtudes, como podemos entablar una relación más armoniosa y fluída con el medio y con nosotros mismos.
En el libro de Austin Fagothey “Ética, teoría y aplicación” (1973) leemos:
“La virtud es un hábito de elegir el medio entre dos extremos de exceso y defecto, en el acto, y este medio está determinado por la razón, guiada por la virtud intelectual de la prudencia”
“El hábito nos capacita para hacer algo más hábilmente y prontamente […] una acción rápida, regular y experta”.
“[…] la necesidad de entrenar las demás partes de nuestro ser a que se sometan a la razón. Semejante entrenamiento se traduce en hábitos, y éstos son virtudes”.
Estas definiciones nos hablan de cómo a través de las virtudes mejoramos nuestra calidad de vida es decir “perfeccionan nuestra naturaleza en conjunto”. Yo añadiría que no sólo es a través de la razón, pues como seres multidimensionales conformamos nuestra vida y nuestras decisiones a través de la mezcla de razón, emoción, intuición, espíritu…
Desde mi punto de vista, Ricardo hizo evidente una gran virtud en él: el valor.
“Valor, fortaleza y bravura llevan al individuo a enfrentarse al peligro y al esfuerzo sin flaqueza”. El valor es una virtud que “[…] implica paciencia, perseverancia y constancia”. Fagothey, A (1973).
Pero el valor no sólo se manifiesta enfrentando situaciones de peligro “exterior”, sino que ante todo, Ricardo tuvo un gran enfrentamiento consigo mismo, el valor también nos habla del dominio sobre uno mismo: pudo controlar sus emociones, sus pensamientos, sus acciones….. encontró de una manera más o menos rápida y espontánea, el camino indicado, no tenía caso tirarse a la tragedia, tampoco quedarse con los brazos cruzados, lamentándose.
• Primeramente dio muestras de gran valor al aceptar la realidad “Ante esto, no hay nada que hacer”.
• Luego valoró ese evento tan negativo, contra todo lo positivo que tenía: estaban vivos, lo que se había perdido era material.
• Por último en un proceso posterior, demostrando paciencia, perseverancia y constancia, encontrando los medios de volver a salir adelante.
Podría parecer que su actitud era contra lo esperado: en lugar de una gran desesperación y sufrimiento (que no significa que no los sintiera en una u otra medida), logró visualizar la situación con mayor distancia crítica y por tanto controlarse y serenarse. La razón enfrentó, aceptó, valoró, conjeturó (todo a mil por hora). Su respuesta rápida (no tardó meses ni años en aceptar la situación tal cual era) se debió a que fue espontánea y congruente con su naturaleza y su carácter. Había desarrollado a lo largo de su vida la virtud del valor, la paciencia, la esperanza y la fe en que él y su familia (la vida humana), vale más que las circunstancias externas.
“Las virtudes […] pasan mediante instrucción, pero mucho más todavía a través del ejemplo, a sus hijos”. Fagothey, A (1973). Ricardo aprendió de su madre una manera de enfrentar la vida, basada en sus creencias religiosas.
Otro punto de vista con el que se podría analizar el proceder de Ricardo, es a través de las virtudes teologales, que son la valentía y la fuerza de las personas creyentes.
Las virtudes teologales son aquellas que nos unen a Dios. En latín “virtus” quiere decir fuerza. La fe, la esperanza y la caridad son virtudes que refieren a la fortaleza interna que nos permite adquirir mayor libertad interior y encaminarnos a la unión con Dios.
Dice Jacques Philippe: “No se trata de volverse pasivo y tragárselo todo sin pestañear […] lo más importante es no contentarse con aceptarlas a regañadientes, sino aceptarlas verdaderamente. No limitarse a sufrirlas, sino en cierto modo elegirlas. […] Si tenemos la fe suficiente en Dios para creer que Él es capaz de extraer un bien de todo lo que nos ocurre […] Todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios (Rom 8,28)”. La fe implica tener la certeza de que Dios es fiel y no nos abandona.
Por otro lado, la resignación es una declaración de impotencia y carece de esperanza. Ricardo demuestra la virtud de la esperanza pues es más una actitud de aceptación, pudo llegar a percibir de primer momento la realidad como negativa, pero su disposición interior fue diferente: quien es creyente de Dios presiente que algo positivo acabará brotando de esa situación y por tanto su perspectiva es esperanzadora.
“El individuo ha de dominar sus pasiones y aprender a controlarse a sí mismo…. Para asegurar su capacidad de enfrentarse a las tentaciones ( y a los problemas) ordinarias de la vida”. Fagothey, A (1973).
Maríia Eugenia Heinen



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